|Sociedad|
En España mueren por suicidio más de diez personas cada día.
Dicho así, quizá sea solo una cifra más. Una de tantas que aparecen entre porcentajes, estadísticas y balances anuales. Pero diez personas cada día significan más de setenta cada semana y miles de familias que, al terminar el año, habrán tenido que enfrentarse a una ausencia difícil de explicar. En 2025 fueron, al menos de forma provisional, 3.808.
Hay, además, un dato que resulta difícil ignorar: 2.784 de esas personas eran hombres. Aproximadamente tres de cada cuatro. Los últimos datos consolidados, correspondientes a 2024, dibujan prácticamente la misma realidad: 2.902 hombres y 1.051 mujeres murieron por suicidio. La tasa fue de 12,11 fallecimientos por cada 100.000 hombres, frente a 4,22 entre las mujeres.
No se trata de establecer una competición sobre quién sufre más. Sería absurdo y profundamente injusto. Se trata de observar los datos y hacerse una pregunta que quizá no estamos formulando con suficiente insistencia: ¿por qué los hombres mueren por suicidio con tanta mayor frecuencia?
No existe una respuesta sencilla. El suicidio es un fenómeno complejo en el que intervienen factores psicológicos, sociales, económicos, familiares y sanitarios. Pero tampoco podemos ignorar una cultura que durante generaciones ha asociado la masculinidad con aguantar, callar y resolver los problemas en soledad. Al hombre se le ha enseñado demasiadas veces que reconocer miedo es debilidad, que llorar debe hacerse a escondidas y que pedir ayuda significa no haber sido capaz de solucionar sus propios problemas.
Y hay silencios que terminan pesando demasiado.
España lleva años conviviendo con cifras que deberían haber provocado una reacción mucho más temprana. En 2019 se registraron 3.671 suicidios; en 2020 fueron 3.941; en 2021, 4.003; y en 2022 se alcanzaron los 4.227. Después comenzó un descenso: 4.116 en 2023, 3.953 en 2024 y, provisionalmente, 3.808 en 2025.
La tendencia reciente invita a una esperanza prudente. Pero más de 3.800 muertes anuales difícilmente permiten considerar resuelto el problema. Y mucho menos cuando hablamos de una causa de muerte sobre la que existe capacidad de prevención.
España dispone desde 2022 del teléfono 024 para atender a personas con pensamientos o riesgo de conducta suicida y a sus familiares. Solo durante 2025 realizó 204.449 atenciones mediante llamadas y conversaciones por chat. Casi 12.000 llamadas tuvieron que ser derivadas directamente al 112.
La existencia de este servicio es necesaria. Pero también revela la magnitud del problema.
Porque la prevención del suicidio no puede comenzar únicamente cuando alguien está al otro lado de un teléfono diciendo que ya no puede más. Para entonces, en muchos casos, estamos actuando en el último eslabón de una cadena que comenzó mucho antes.
Prevenir también significa llegar al instituto, a la universidad, al centro de trabajo y al centro de salud. Significa que pedir una cita con un profesional cuando una persona empieza a encontrarse mal sea algo normal y accesible. Significa enseñar a reconocer determinadas señales, formar a profesionales que trabajan diariamente con población vulnerable y conseguir que pedir ayuda no siga rodeado de vergüenza.
Resulta difícil comprender, observando la evolución de las cifras, que España tuviera que esperar hasta febrero de 2025 para aprobar su primer Plan de Acción para la Prevención del Suicidio específicamente diseñado como tal. El programa, vigente hasta 2027, contempla actuaciones de vigilancia epidemiológica, sensibilización, prevención, intervención y apoyo a familiares y supervivientes.
Un año después, en marzo de 2026, el Gobierno aprobó además la creación del Observatorio para la Prevención del Suicidio y anunció una financiación específica de 17,83 millones de euros para desarrollar las actuaciones previstas.
Son avances y sería incorrecto negarlos. Pero reconocerlos no significa renunciar a exigir resultados.
Porque un plan no previene un suicidio por el mero hecho de estar publicado. Un observatorio no cambia una realidad simplemente por existir. Y un teléfono de atención, por imprescindible que sea, no puede convertirse en el principal símbolo de una estrategia que debería comenzar mucho antes de que alguien necesite marcar tres números.
Durante años hemos aprendido a reaccionar ante otras causas de mortalidad mediante campañas públicas, educación y prevención. Nos hemos acostumbrado a hablar de seguridad vial, de tabaquismo, de cáncer o de enfermedades cardiovasculares. Hemos entendido que evitar una muerte requiere intervenir antes de que llegue la emergencia.
Con el suicidio todavía parece costarnos.
Quizá porque resulta incómodo. Porque obliga a hablar de soledad, fracaso, depresión, precariedad, adicciones, aislamiento y desesperanza. Porque nos obliga también a reconocer que una persona aparentemente feliz puede estar atravesando una situación completamente distinta cuando nadie la observa.
El sufrimiento psicológico no siempre tiene una apariencia reconocible. Puede sentarse a nuestro lado en clase. Puede fichar cada mañana en una oficina. Puede salir con sus amigos un sábado. Puede responder «bien» cuando alguien le pregunta cómo está.
Y puede ser un hombre al que durante toda su vida le enseñaron precisamente a responder eso.
Los datos no permiten ignorarlo. En 2024, aproximadamente tres de cada cuatro personas fallecidas por suicidio en España fueron hombres. No debería utilizarse esa cifra para enfrentar el sufrimiento masculino y femenino, sino para preguntarnos seriamente qué está ocurriendo y por qué una diferencia tan pronunciada persiste año tras año.
Necesitamos estudiar mejor sus causas, identificar los grupos particularmente vulnerables y comprobar qué políticas consiguen realmente reducir el riesgo. Necesitamos también hablar de salud mental masculina sin caricaturas, sin convertirla en una guerra entre sexos y sin esperar a que cada nueva estadística vuelva a recordarnos el mismo problema.
Porque detrás de 3.808 muertes no hay 3.808 números.
Hay padres, madres, hijos, hermanos, amigos y compañeros. Hay conversaciones que no llegaron a producirse y personas que, en algún momento, pensaron que continuar viviendo había dejado de ser una posibilidad.
España ha comenzado, por fin, a construir una estrategia específica contra el suicidio. Ahora corresponde preguntarse si llegará suficientemente lejos y, sobre todo, suficientemente pronto.
Porque quizá el mayor fracaso no sea no saber qué hacer cuando alguien dice que quiere morir.
Quizá sea no haber sabido escuchar todo lo que ocurrió antes de que llegara a decirlo.
Armando Bolívar Navarro

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