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Mientras miles de personas desbordan una frontera española, el Gobierno vuelve a demostrar que su especialidad no es anticiparse a las crisis, sino explicarlas cuando ya han ocurrido.
Lo ocurrido en Ceuta no es únicamente una crisis migratoria: es el fracaso de una política fronteriza que vuelve a demostrar sus costuras. Miles de personas han alcanzado territorio español mientras el Gobierno reaccionaba, otra vez, cuando la emergencia ya estaba servida. Y esta vez no existe siquiera la excusa de la sorpresa. Ceuta ya vivió en 2021 una entrada masiva desde Marruecos que dejó al descubierto exactamente el mismo problema. Cinco años después, España vuelve a descubrir que una de sus fronteras más sensibles puede quedar sometida en cuestión de horas a una presión extraordinaria. Si el Gobierno sabía que podía ocurrir y no estaba preparado, es negligencia política; si no lo sabía, es incompetencia.
Pedro Sánchez ha fiado durante años buena parte de la estabilidad migratoria a la buena relación con Marruecos. Rabat se convirtió en “socio estratégico”, España modificó incluso su histórica posición sobre el Sáhara Occidental y el Ejecutivo defendió aquel acercamiento como garantía de estabilidad. Hoy conviene preguntarse qué hemos obtenido a cambio si nuestra frontera continúa siendo vulnerable cuando la cooperación marroquí falla. Colaborar con Marruecos es necesario; depender de Marruecos para que Ceuta permanezca “segura” es otra cosa. Un Estado que necesita que el país vecino haga su trabajo para poder garantizar su propia frontera tiene un problema de soberanía que ningún comunicado diplomático puede maquillar.
Mientras tanto, el debate volverá a intentar reducirse a elegir entre humanidad y seguridad, como si ambas fueran incompatibles. No lo son. Quienes arriesgan su vida para llegar a España merecen dignidad y asistencia; los españoles merecen también un Gobierno capaz de controlar sus fronteras. Defenderlas no es xenofobia. Exigir que la inmigración sea legal y ordenada tampoco. Lo irresponsable es perpetuar un sistema en el que las mafias prosperan, personas desesperadas se juegan la vida (sin omitir los porcentajes de esas personas que delinquen y hacen de España un estado inseguro para sus ciudadanos) y el Poder Ejecutivo aparece después para gestionar las consecuencias de aquello que no fue capaz de prevenir.
Ahora llegarán los refuerzos, las reuniones extraordinarias, las comparecencias y las habituales promesas de coordinación. Todo cuando Ceuta ya ha sufrido el golpe. Porque gobernar no consiste en desplegar medios cuando las imágenes ocupan todas las portadas; consiste precisamente en evitar que esas imágenes lleguen a producirse. Después de 2021, el Gobierno estaba avisado. Después de lo ocurrido ahora, ya ni siquiera queda la posibilidad de alegar desconocimiento. Ceuta no ha descubierto una nueva amenaza: ha confirmado que España conocía perfectamente su vulnerabilidad y no fue capaz de corregirla.
Porque cuando un Gobierno siempre llega después de los acontecimientos, deja de gobernar: se limita a narrarlos.
Armando Bolívar Navarro

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