Noventa minutos de «Patriotismo»

|Crítica Social| |Sociedad|

España parece necesitar un Mundial para reconciliarse con su propia bandera y recordar que un símbolo nacional no debería pertenecer a ningún partido.

Hay imágenes que solo se producen en España y que, vistas desde fuera, resultan difíciles de comprender. Miles de balcones cubiertos con la bandera nacional. Coches decorados con los colores rojo y amarillo. Familias enteras vistiendo la camiseta de la selección. Jóvenes, mayores, personas de izquierdas, de derechas y de cualquier otra sensibilidad política celebrando un gol abrazados bajo un mismo símbolo.

Y, sin embargo, basta con que el árbitro pite el final del torneo para que muchas de esas banderas desaparezcan casi con la misma rapidez con la que aparecieron.

La pregunta resulta inevitable: ¿qué cambia en apenas unas semanas? ¿Cómo es posible que un símbolo que durante el resto del año genera desconfianza, incomodidad o incluso rechazo en determinados sectores de la sociedad pase a convertirse, de repente, en un emblema compartido por millones de personas?

La respuesta no es sencilla, pero tampoco puede entenderse sin mirar a la historia.

Durante la dictadura franquista, la bandera de España, junto a otros símbolos nacionales, fue utilizada como un elemento central de legitimación del régimen. Aquel uso político dejó una huella profunda en la memoria colectiva. Con la llegada de la Transición y la Constitución de 1978, el objetivo fue precisamente otro: convertir aquellos símbolos en patrimonio de todos los españoles, con independencia de sus ideas, su origen o su forma de entender el país.

La Constitución no creó una bandera para un partido político. Creó la bandera del Estado democrático español.

Sin embargo, las heridas históricas, la evolución del debate territorial y una creciente polarización política han hecho que, con el paso de las décadas, ese objetivo no siempre se haya alcanzado plenamente. En demasiadas ocasiones, la bandera ha dejado de interpretarse como un símbolo institucional para convertirse, en el imaginario de parte de la sociedad, en una etiqueta ideológica.

Y ese quizá sea uno de los mayores fracasos colectivos de nuestra democracia.

Porque una bandera nacional debería ser precisamente aquello que permanece por encima de las diferencias políticas. Representa un país, no un gobierno. A una sociedad, no a un partido. A generaciones enteras de ciudadanos que piensan distinto, votan distinto y viven distinto, pero que comparten un mismo marco de convivencia.

Sin embargo, durante años hemos asistido a un fenómeno curioso. Muchos españoles han terminado mirando una bandera antes para intentar adivinar la ideología de quien la sostiene que para reconocer el país al que representa. Como si un símbolo constitucional hubiera dejado de ser de todos para convertirse en patrimonio exclusivo de algunos.

Y entonces llega un Mundial.

O una Eurocopa.

Y ocurre algo extraordinario.

Las mismas personas que durante meses consideran que exhibir una bandera puede interpretarse como un gesto político la colocan orgullosamente en sus balcones. Los coches vuelven a llenarse de banderas. Las plazas se tiñen de rojo y amarillo. Nadie pregunta al aficionado que celebra un gol qué partido vota. Nadie interpreta una camiseta de la selección como una declaración ideológica. Durante noventa minutos desaparecen muchas de las etiquetas que el debate político lleva años construyendo.

La sociología del deporte lleva décadas estudiando este fenómeno. Las grandes competiciones internacionales generan un fuerte sentimiento de identidad compartida. Durante esos días, la pertenencia al grupo nacional adquiere más fuerza que muchas diferencias políticas, territoriales o sociales. El deporte consigue, aunque sea temporalmente, lo que la política muchas veces no ha sabido preservar: un espacio simbólico común.

Quizá por eso las imágenes de las celebraciones deportivas resultan tan poderosas. Porque recuerdan a los españoles que todavía existe algo capaz de reunirlos bajo un mismo símbolo sin necesidad de discutir sobre ideologías.

Pero también dejan una pregunta incómoda.

¿Por qué necesitamos que once futbolistas salten al césped para reconciliarnos con nuestra propia bandera?

¿Por qué un símbolo constitucional solo parece convertirse en verdaderamente común cuando hay un balón de por medio?

Tal vez el problema nunca haya sido la bandera.

Tal vez el verdadero problema haya sido permitir que el debate político decidiera durante demasiado tiempo qué debía significar para cada uno de nosotros. Unos intentaron apropiársela como si les perteneciera. Otros terminaron alejándose de ella precisamente porque percibían esa apropiación. Y entre unos y otros, el símbolo acabó perdiendo parte de aquello para lo que existe: representar a todos sin preguntar a nadie en qué cree ni a quién vota.

Una democracia madura no debería necesitar un campeonato del mundo para recordar que sus símbolos pertenecen a todos los ciudadanos. Tampoco debería convertir el orgullo de país en un sentimiento reservado para las victorias deportivas. El patriotismo no consiste en sacar una bandera cuando se gana una final y esconderla cuando termina el verano. Consiste en entender que una nación es mucho más que un resultado, mucho más que un gobierno y mucho más que una ideología.

Quizá por eso cada Mundial deja una imagen tan hermosa como inquietante.

Durante noventa minutos descubrimos que somos capaces de compartir una bandera sin preguntarnos quién está al otro lado.

La verdadera cuestión es por qué olvidamos hacerlo cuando el partido termina.

Armando Bolívar Navarro

Deja un comentario

Descubre más desde PUNTO Y APARTE

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo