|Crítica Social||Sociedad|
La visita de León XIV ha vuelto a demostrar que algunos defienden la pluralidad solo cuando las opiniones coinciden con las suyas.
La visita del papa León XIV a España ha dejado una imagen que muchos no esperaban: plazas llenas, cientos de miles de asistentes en los actos públicos, una enorme atención mediática y una presencia especialmente destacada de jóvenes que acudieron no por obligación, sino por convicción o simple curiosidad intelectual. Más de medio millón de personas participaron en algunos de los actos celebrados en Madrid, mientras que la misa central congregó a cifras multitudinarias que sorprendieron incluso a los organizadores.
Sin embargo, para determinados sectores políticos y mediáticos, especialmente en la izquierda más ideologizada, el verdadero problema no fue la visita del Papa. El problema fue que millones de españoles escucharon un discurso diferente al relato dominante.
Resulta llamativo que quienes se presentan como defensores de la pluralidad y la diversidad reaccionen con incomodidad cuando una voz moral de relevancia mundial expresa opiniones que no coinciden con las suyas. León XIV acudió al Congreso en calidad de jefe de Estado del Vaticano, una condición reconocida internacionalmente y plenamente compatible con las relaciones diplomáticas que España mantiene con la Santa Sede. Su presencia en la Cámara no fue una anomalía democrática, sino un acontecimiento histórico e institucional.
Lo verdaderamente revelador fue la reacción de algunos críticos cuando el Pontífice defendió públicamente la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural. León XIV recordó la posición histórica de la Iglesia respecto al aborto y la eutanasia, afirmando que la dignidad humana no debería quedar subordinada a las modas ideológicas ni a mayorías circunstanciales.
¿Dónde está el escándalo? ¿Se pretende que una autoridad religiosa renuncie a sus convicciones para no incomodar a determinados partidos? La democracia consiste precisamente en que puedan expresarse opiniones distintas, también aquellas que cuestionan leyes vigentes.
Lo preocupante no es que haya diputados que discrepen de León XIV. Eso es normal y legítimo. Lo preocupante es que algunos parezcan considerar inadmisible que esas ideas sean escuchadas. Quieren diversidad siempre que la diversidad piense como ellos.
Además, resulta imposible ignorar el contraste entre la acogida popular y el rechazo de ciertos sectores políticos. Mientras algunos dirigentes denunciaban la presencia del Papa en las instituciones, miles de jóvenes abarrotaban encuentros y celebraciones. León XIV conectó con una generación a la que muchos consideran indiferente a la religión, pero que sigue buscando referentes éticos, sentido vital y respuestas a preguntas profundas sobre la dignidad humana, la verdad y la responsabilidad personal. El propio Pontífice dirigió mensajes específicos a los jóvenes, animándoles a no dejarse arrastrar por la manipulación y a buscar la verdad por encima de la presión de las redes sociales.
Su discurso en el Congreso tampoco se limitó a cuestiones morales. Habló de inmigración, de cohesión social, de diálogo político, de paz y de la necesidad de superar la polarización. Reclamó respeto hacia los más vulnerables y pidió que la discrepancia política no degenerara en descalificación permanente del adversario.
Paradójicamente, algunos de los mismos sectores que exigen tolerancia para todas las sensibilidades parecen incapaces de tolerar la presencia pública del cristianismo cuando éste se expresa con claridad. No les molesta que el Papa hable; les molesta que millones de personas le escuchen.
La ovación de varios minutos que recibió León XIV en el Congreso reflejó algo más profundo que una cortesía parlamentaria. Mostró que, más allá de las diferencias ideológicas, existe una parte importante de la sociedad española que sigue valorando el papel de las grandes tradiciones morales y culturales en el debate público.
España no necesita menos voces en el espacio público. Necesita más. Y una democracia madura no teme escuchar al Papa, a un filósofo, a un sindicalista o a un activista. Lo que debería preocuparnos es precisamente lo contrario: que algunos pretendan decidir quién tiene derecho a hablar y quién debe permanecer en silencio.
Porque cuando una sociedad empieza a censurar las opiniones que no comparte, deja de defender la libertad y empieza a defender el dogma. Y ningún dogma resulta más peligroso que aquel que se presenta disfrazado de tolerancia.
«la comunicación nunca es neutral. Toda expresión habla, transmite; puede herir o sanar, destruir expectativas o abrir horizontes».
Papa León XIV
Armando Bolívar Navarro

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