La política perdió a los jóvenes. Ahora se pregunta dónde están.

|Crítica Social||Sociedad|

Mientras la política sigue prometiendo un futuro mejor, una generación entera aprende que crecer consiste en esperar soluciones que nunca llegan.

Cada cierto tiempo, algún político, tertuliano o analista se pregunta por qué los jóvenes parecen cada vez más alejados de la política. Lo hacen con una mezcla de preocupación y sorpresa, como si la desafección juvenil hubiera surgido de la nada. Como si fuera un capricho generacional. Como si una generación que no puede permitirse alquilar una vivienda, que encadena contratos temporales y que ve el futuro con más incertidumbre que esperanza tuviera motivos para sentirse representada.

La política lleva años tratando a los jóvenes como una promesa, pero rara vez como una prioridad. Son el futuro cuando hay que pronunciar discursos inspiradores, pero se convierten en una nota al pie cuando llega el momento de tomar decisiones. Se les pide paciencia mientras los precios de la vivienda siguen aumentando. Se les pide esfuerzo mientras los salarios apenas permiten independizarse. Se les pide confianza mientras observan cómo los problemas que les afectan se discuten durante años sin que cambie prácticamente nada.

Lo más preocupante no es que los jóvenes hayan dejado de confiar en determinados partidos. Lo preocupante es que muchos han empezado a dudar de la utilidad misma de la política. Cuando una persona siente que, vote a quien vote, su situación seguirá siendo la misma, la democracia deja de percibirse como una herramienta de cambio y empieza a parecer una ceremonia repetitiva donde las promesas se reciclan cada cuatro años.

La responsabilidad de esta situación no recae únicamente en una ideología o en un gobierno concreto. Es el resultado de décadas de promesas incumplidas, debates vacíos y prioridades alejadas de la realidad cotidiana. Mientras los partidos convierten cualquier tema en una batalla ideológica, miles de jóvenes siguen viviendo en habitaciones alquiladas porque no pueden permitirse un hogar propio. Mientras los líderes políticos intercambian acusaciones en televisión, muchos universitarios se preguntan si el esfuerzo de años de estudio servirá para algo más que para obtener otro contrato precario.

Resulta difícil pedir participación cuando el mensaje que reciben los jóvenes es que deben adaptarse constantemente a un sistema que nunca parece adaptarse a ellos. Se les exige formación continua, flexibilidad laboral y resiliencia emocional. En otras palabras, se les pide que acepten como normal una situación que generaciones anteriores habrían considerado inaceptable.

Y, sin embargo, la reacción habitual ante la desafección juvenil consiste en señalar a los propios jóvenes. Se les acusa de desinterés, de individualismo o de vivir demasiado pendientes de las redes sociales. Es una explicación cómoda porque evita abordar una posibilidad mucho más incómoda: que el problema no sea una juventud apática, sino una política que ha perdido la capacidad de convencer.

Quizá por eso cada vez más jóvenes buscan respuestas fuera de los canales tradicionales. Algunos recurren al activismo, otros a movimientos alternativos y muchos simplemente se desconectan. No porque no les importe el futuro, sino porque sienten que el sistema que debería construirlo ya no les escucha.

La democracia no se debilita cuando los jóvenes critican a la política. Se debilita cuando los jóvenes dejan de esperar algo de ella. Porque una sociedad puede sobrevivir al desacuerdo, a la protesta e incluso al enfado. Lo que difícilmente puede permitirse es una generación que ya no cree que participar sirva para cambiar nada.

Y tal vez esa sea la reflexión más inquietante de todas: si los jóvenes están perdiendo la fe en la política, ¿es porque han dejado de creer en la democracia o porque la democracia les ha dado demasiados motivos para dejar de creer en ella?

Armando Bolívar Navarro

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