Ruido en lugar de respuestas; la Andalucía Política.

|Crítica Social|

El recurso constante a la inmigración por parte de Vox y el tono bronco de la oposición empañan un debate donde Moreno resistió y Montero patinó

El debate electoral andaluz dejó una conclusión incómoda: cuando la política se reduce a consignas repetidas y acusaciones infladas, el ciudadano sale perdiendo. Y esta vez, el espectáculo fue particularmente elocuente.

El caso más paradigmático fue el del candidato de Vox, empeñado en convertir la inmigración en explicación universal. “El problema real de Andalucía es la inmigración ilegal”, repitió como un mantra, incluso en bloques dedicados a la sanidad o la educación. La insistencia llegó a rozar lo vergonzoso políticamente hablando: listas de espera, colapso de atención primaria o falta de profesionales sanitarios acababan, de una forma u otra, conectados con la misma idea. El resultado no fue contundencia, sino simplificación extrema. Porque convertir problemas estructurales —como la infrafinanciación o la gestión sanitaria— en una cuestión monocausal no es valentía política: es eludir la complejidad.

Pero la degradación del debate no fue patrimonio exclusivo de Vox. La oposición en su conjunto apostó por un tono bronco, con especial protagonismo de María Jesús Montero. La candidata socialista desplegó una batería de acusaciones de alto voltaje retórico: habló de “desmantelamiento sistemático de la sanidad pública” y de “abandono deliberado de los servicios esenciales”. Afirmaciones graves que, sin embargo, quedaron en gran medida sin el soporte detallado que cabría esperar. El contraste entre la contundencia del lenguaje y la falta de concreción debilitó su intervención.

Los datos, además, requieren algo más que titulares. Andalucía sigue arrastrando problemas estructurales en sanidad —como ratios de profesionales por habitante por debajo de la media nacional en algunas áreas—, pero también ha incrementado el presupuesto sanitario en los últimos años. Ignorar una de las dos caras no es análisis, es relato. Y en ese terreno, Montero pareció más cómoda en la exageración que en la precisión. “Nunca antes se había deteriorado tanto lo público”, llegó a afirmar, una frase que, sin matices ni contexto, suena más a consigna que a diagnóstico.

En medio de ese cruce de simplificaciones, Juanma Moreno optó por una estrategia más contenida. “Andalucía hoy es más estable y más fiable que hace unos años”, defendió, insistiendo en la gestión y en la evolución de indicadores económicos y de empleo. No fue una intervención brillante ni especialmente ambiciosa, pero sí evitó caer en el exceso retórico que dominó el resto del debate. Mientras unos sobreactuaban y otros reducían todo a un único eje, Moreno se mantuvo en un terreno más pragmático, aunque también esquivó algunas cuestiones incómodas con respuestas genéricas.

El problema de fondo es que el debate dejó de ser un espacio para contrastar soluciones y se convirtió en una competición de marcos narrativos. Vox repitiendo que “todo pasa por la inmigración”; el PSOE elevando cada crítica a categoría de crisis estructural; y el resto de fuerzas tratando de hacerse oír en medio del ruido.

El resultado fue un retrato poco alentador de la política andaluza actual: exceso de eslóganes, déficit de propuestas y una preocupante tendencia a tratar al votante como espectador de consignas en lugar de interlocutor de ideas. Porque si todo se explica con una sola causa o se denuncia con la máxima gravedad posible, entonces nada se entiende realmente.

Y ahí está el verdadero fracaso del debate: no en quién ganó o perdió, sino en lo poco que se avanzó hacia una conversación adulta sobre los problemas reales de Andalucía, pero sobre todo; de los Andaluces y Andaluzas.

Armando Bolívar Navarro

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