El día que la política confundió servicio público con “culto al ego”

|Crítica Social| |Sociedad|

La despedida de María Jesús Montero deja más aroma a narcisismo político que a compromiso con Andalucía.

Hay declaraciones que no necesitan interpretación: se explican solas. Y luego están las de María Jesús Montero, que directamente se retratan. En un ejercicio difícil de justificar incluso en los estándares más indulgentes de la retórica política, la vicepresidenta ha decidido despedirse elevándose a sí misma a una categoría casi legendaria, como si su trayectoria no debiera ser evaluada por los ciudadanos, sino admirada por decreto.

Hablar de una misma en tercera persona ya es, de entrada, una señal preocupante. Pero hacerlo para autoproclamarse como “la mujer con más poder de la democracia” y presentar su salida del Gobierno como un gesto “digno de mención” cruza una línea evidente: la que separa la defensa política legítima del narcisismo sin filtro.

No estamos ante un lapsus ni ante una frase desafortunada aislada. Es una forma de entender la política donde el foco deja de estar en los ciudadanos para situarse en la propia figura del dirigente. Donde una decisión estratégica —porque eso es, ni más ni menos— se disfraza de sacrificio histórico. Donde el relato importa más que la realidad.

Porque conviene no perder de vista lo esencial: nadie le ha pedido a Montero que abandone el Gobierno. No hay una imposición externa ni una renuncia forzada. Es una decisión política calculada, perfectamente legítima, pero difícilmente heroica. Presentarla como una especie de acto de entrega casi épica no solo resulta exagerado, sino profundamente desconectado de la percepción de la calle.

El problema no es solo la falta de modestia. Es algo más de fondo: una desconexión preocupante con el sentido del servicio público. En un momento en el que la ciudadanía exige explicaciones, soluciones y, sobre todo, cierta humildad institucional, este tipo de intervenciones transmiten justo lo contrario: autocomplacencia, grandilocuencia y una preocupante falta de autocrítica.

Y luego está el tono. Ese tono que no invita a la reflexión ni al debate, sino que parece exigir reconocimiento. Como si el hecho de haber ocupado un alto cargo bastara para reclamar admiración. Como si el poder, en lugar de ser una responsabilidad temporal, fuera un mérito que merece ser celebrado en voz alta por quien lo ostenta.

Sus defensores insistirán en que se trata de poner en valor una trayectoria. Pero hay formas y formas. Y cuando ese “valor” lo establece uno mismo, sin distancia, sin matices y sin el menor atisbo de autocrítica, deja de ser reconocimiento para convertirse en propaganda personal.

Lo más inquietante no es la frase en sí, sino lo que revela: una manera de hacer política donde el relato personal pesa más que la realidad colectiva. Donde el “yo” desplaza al “nosotros”. Y donde el ciudadano pasa a ser espectador de un discurso que, lejos de interpelarle, parece hablar únicamente para reforzar la imagen de quien lo pronuncia.

En definitiva, más que una despedida institucional, lo que hemos presenciado es un ejercicio de autocelebración difícil de justificar. Y en política, cuando alguien necesita decir en voz alta lo importante que es, probablemente ya ha empezado a dejar de serlo.

Armando Bolívar Navarro

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