|Crítica Social| |Sociedad|
Entre consignas políticas y debates ideológicos, muchas mujeres sienten que el feminismo actual ya no habla en su nombre ni resuelve los problemas reales que enfrentan.
Durante décadas, el feminismo fue una causa sencilla de comprender: la lucha por la igualdad entre hombres y mujeres. Nuestras madres y abuelas lo entendieron así. Trabajaron fuera y dentro de casa, exigieron respeto, defendieron su dignidad y abrieron puertas que antes estaban cerradas. No necesitaban etiquetas complejas ni discursos ideológicos: buscaban oportunidades, justicia y reconocimiento.
Aquel feminismo, más silencioso pero profundamente transformador, tenía un objetivo claro: la igualdad real. Gracias a esa generación, millones de mujeres pudieron acceder a la universidad, incorporarse masivamente al mercado laboral o participar en la vida pública. Fue un feminismo pragmático, basado en mejorar la vida cotidiana de las mujeres.
Sin embargo, para muchos críticos, el feminismo contemporáneo ha tomado un rumbo distinto. En lugar de ser un movimiento transversal que represente a la mayoría de las mujeres, se ha convertido en un campo de batalla político e ideológico. Los debates que dominan el espacio público ya no giran únicamente en torno a la igualdad de oportunidades, sino a cuestiones identitarias, confrontaciones constantes entre sexos y discursos que, en ocasiones, parecen más diseñados para la polarización política que para resolver problemas reales.
En España, esta percepción se ha intensificado en los últimos años. El feminismo institucional se ha vinculado estrechamente con determinados partidos y agendas políticas, lo que ha provocado que parte de la sociedad —incluidas muchas mujeres— sienta que el movimiento ya no les pertenece. Cuando una causa social se identifica demasiado con una corriente política concreta, corre el riesgo de dejar de ser un espacio común para convertirse en una herramienta partidista.
Los datos sobre la identificación con el feminismo reflejan también cierta desconexión generacional. Algunos estudios recientes muestran que el porcentaje de jóvenes que se consideran feministas ha disminuido en los últimos años, aunque muchos siguen reconociendo que la igualdad entre hombres y mujeres sigue siendo necesaria. Esta paradoja sugiere que el problema quizá no esté en el objetivo, sino en la forma en que el movimiento se presenta en el debate público.
Otro punto que alimenta la crítica es la eficacia de las políticas públicas. España cuenta desde hace años con un amplio marco legislativo y judicial para combatir la violencia de género. Aun así, las cifras muestran que el problema sigue existiendo y que las denuncias continúan en niveles muy elevados. En 2024, por ejemplo, los juzgados recibieron más de 199.000 denuncias relacionadas con violencia de género, con una media de más de 500 casos al día.
Además, en años recientes se han observado repuntes en algunos indicadores: en 2023 se registraron más de 36.500 mujeres víctimas en casos con medidas judiciales, un aumento de más del 12% respecto al año anterior. Estas cifras plantean una pregunta incómoda: si el problema persiste o incluso aumenta en determinados periodos, ¿están funcionando realmente las políticas actuales?
Para muchos ciudadanos, el debate público parece centrarse más en la batalla cultural que en la prevención efectiva. Se discute sobre lenguaje, símbolos o identidades mientras cuestiones como la educación afectiva, la detección temprana de relaciones abusivas o el refuerzo de recursos para víctimas reciben menos atención mediática.
Esto no significa negar la gravedad de la violencia contra las mujeres ni la necesidad de combatirla. Al contrario: precisamente por su gravedad, exige soluciones eficaces y consensos amplios. Cuando el problema se convierte en una bandera ideológica, se corre el riesgo de que la sociedad se divida en lugar de unirse para enfrentarlo.
Quizá por eso algunas voces reclaman recuperar el espíritu del feminismo que practicaron nuestras madres y abuelas: uno menos centrado en el enfrentamiento y más enfocado en mejorar la vida de las mujeres en la práctica. Un feminismo que no pertenezca a ningún partido ni a ninguna ideología concreta, sino a la sociedad en su conjunto.
Porque, al final, la igualdad entre hombres y mujeres nunca debería ser una trinchera política. Debería ser, simplemente, un objetivo compartido.
Armando Bolívar Navarro

Deja un comentario