La Religión del Respeto se pierde

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Cuando el respeto se predica solo hacia lo que nos gusta, deja de ser principio y se convierte en consigna.

Las palabras de Silvia Abril en la alfombra roja de los Premios Goya 2026 no son una simple anécdota de micrófono indiscreto. Son el reflejo de una tendencia cultural preocupante: la normalización del desprecio hacia la fe católica bajo la apariencia de progresismo o irreverencia simpática. Cuando una figura pública afirma que le “da pena” que jóvenes se acerquen al cristianismo y caricaturiza a la Iglesia como un “chiringuito”, no está abriendo un debate intelectual; está lanzando un juicio condescendiente sobre millones de personas que ejercen un derecho fundamental: creer.

Se puede —y se debe— debatir el papel histórico de la Iglesia, sus errores y sus aciertos. Ninguna institución está exenta de crítica. Pero una cosa es el análisis crítico y otra muy distinta es el menosprecio. Resulta llamativo que en una sociedad que reivindica constantemente la diversidad y la inclusión, se ridiculice sin rubor la elección espiritual de quienes optan por la fe católica. ¿Desde cuándo buscar sentido en la tradición cristiana merece lástima pública?

Defender la religión católica no implica negar la pluralidad religiosa. Al contrario: implica defender el mismo principio que ampara a cualquier otra confesión. En España conviven creyentes católicos, musulmanes, judíos, evangélicos, budistas y personas sin religión. Esa pluralidad es una riqueza democrática. Precisamente por eso, el respeto debe ser transversal. Si consideramos inaceptable que se caricaturice a jóvenes que abrazan el islam o el judaísmo, también debería parecernos inaceptable que se ridiculice a quienes redescubren el catolicismo.

Hay un evidente doble rasero en el espacio público. Criticar con dureza al catolicismo suele salir gratis; hacerlo con otras religiones genera, con razón, acusaciones de intolerancia. Esa asimetría no fortalece la libertad de expresión: la debilita. Porque la libertad auténtica no consiste en atacar lo que resulta socialmente cómodo atacar, sino en aplicar los mismos criterios a todos. La igualdad ante la ley y ante el respeto social no debería depender de si una fe es mayoritaria o minoritaria.

Además, el fenómeno de jóvenes que se acercan a la religión no es un síntoma de atraso, como algunos sugieren con ironía, sino una manifestación de inquietud espiritual en una época marcada por la incertidumbre. Reducirlo a una ingenuidad digna de lástima revela una visión simplista y paternalista. Los jóvenes no son sujetos pasivos que “caen” en la fe por falta de criterio; muchos llegan a ella tras procesos personales profundos, lecturas, experiencias y reflexión.

En una democracia madura, las figuras públicas tienen derecho a expresar su opinión, pero también la responsabilidad de medir el alcance de sus palabras. Cuando se banaliza la fe de millones de personas, no se está promoviendo el pensamiento crítico, sino alimentando una polarización innecesaria. Defender la religión católica no es imponerla; es exigir que se respete del mismo modo que exigimos respeto para cualquier otra creencia.

Uno de nuestros lectores cuya identidad prefiere mantenerse en el anonimato nos da el siguiente testimonio acerca de esta situación;

  • Como joven y católica, me entristecen las declaraciones de Silvia Abril al afirmar que la Iglesia es un «chiringuito» y lamentar que los jóvenes se acerquen al cristianismo. Para muchos de nosotros, la Iglesia no es un negocio ni una moda pasajera, sino un hogar en donde hemos podido encontrar nuestros sitio, apoyo y sentido a nuestras vidas. Reducir la Fe a un estereotipo ignora la experiencia personal de miles de jóvenes que libremente encuentran en ella valores, comunidad y Esperanza en un mundo cada vez más incierto e inmediato.

Si aspiramos a una sociedad verdaderamente plural, la coherencia es imprescindible. La libertad religiosa no es selectiva. El respeto tampoco debería serlo.

Armando Bolívar Navarro

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