La silla vacía

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Cuando un presidente decide no estar

Hay ausencias que no admiten justificación posible. No porque falten explicaciones, sino porque ninguna resulta moralmente suficiente. La ausencia de Pedro Sánchez en el funeral por las víctimas de la tragedia ferroviaria de Adamuz pertenece a esa categoría: la de los actos que, aun sin palabras, definen una forma de ejercer el poder.

Mientras familias enteras despedían a sus seres queridos —vidas truncadas de manera abrupta e injusta—, el presidente del Gobierno decidió no acompañarlas. No se trataba de un acto político ordinario, ni de una cita protocolaria más. Era un momento de duelo nacional, de recogimiento y de responsabilidad institucional. Y, sin embargo, el máximo representante del Ejecutivo no estuvo.

Esta decisión no puede reducirse a una cuestión de agenda ni esconderse tras la delegación en otros cargos. Gobernar implica asumir la presencia en los momentos más difíciles, especialmente cuando las causas de la tragedia apuntan al funcionamiento del propio Estado. No acudir al funeral no fue neutral: fue una forma de eludir el peso simbólico de la responsabilidad.

Resulta especialmente hiriente el contraste entre los discursos oficiales y los hechos. Desde el Gobierno se ha insistido en la empatía, el acompañamiento y el compromiso con las víctimas. Pero la empatía no se proclama desde un atril ni se transmite mediante comunicados. Se expresa estando. Y en Adamuz, el presidente decidió no estar.

La presencia de los Reyes subrayó, con silenciosa contundencia, lo que se esperaba del Estado en ese momento. Frente a ese gesto, la ausencia del presidente no solo evidenció una falta de sensibilidad política, sino una preocupante desconexión emocional con la ciudadanía a la que dice servir. Cuando el jefe del Ejecutivo se aparta del dolor colectivo, el mensaje que se envía es devastador: el sufrimiento puede esperar, el duelo puede delegarse.

Las familias de las personas fallecidas no reclamaban protagonismo político ni explicaciones técnicas inmediatas. Reclamaban respeto. Reclamaban cercanía. Reclamaban que quien ostenta la mayor responsabilidad institucional asumiera, aunque fuera en silencio, la dimensión humana de la tragedia. Ese gesto elemental no llegó.

La actuación de Pedro Sánchez no puede calificarse como un simple error de cálculo. Fue una decisión consciente que revela una forma de entender el liderazgo desde la distancia, el control y la conveniencia política. Pero hay momentos en los que la prudencia se convierte en frialdad y la estrategia en abandono moral.

Adamuz no solo ha dejado una herida profunda en decenas de familias; ha dejado al descubierto una carencia grave en la respuesta del poder ejecutivo. Porque gobernar no es únicamente gestionar cuando todo funciona, sino comparecer cuando todo falla. Y en el día en que el país necesitaba a “su presidente”, el presidente decidió no comparecer.

Esa ausencia no se olvida. Porque hay gestos que marcan una legislatura y silencios que persiguen a quien los protagoniza. Adamuz será recordado por la tragedia, pero también por la decisión de quien, pudiendo estar, eligió no hacerlo.

Armando Bolívar Navarro

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